lunes, 21 de abril de 2014

PRÓLOGO de A. J. Greimas

Greimas, A. J., La semiótica del texto. Ejercicios prácticos, trad. Irene Agoff, Buenos Aires, Paidós, 1993, pp. 15-19.


(p. 15)
I
1. La lectura de un cuento literario que aquí proponemos pretende ser una muestra de ejercicios prácticos, es decir, una ilustración del encuentro entre el semiótico —que interroga al texto y lo manipula— y el texto mismo, que le opone, unas veces su opacidad, y otras una transparencia que no hace más que reflejar los juegos de múltiples facetas en él inscritos. Al igual que la exploración del etnólogo, instalado sobre el terreno, este trabajo sobre el texto podría tomarse como un ingenuo retorno a las fuentes por parte del semiótico.
Comparación que aun es posible extremar: como sucede con el extranjero que, al establecerse junto a una comunidad de la que se sabe diferente, trae consigo, además de una simpatía un tanto hipócrita —por basarse en el postulado de la diferencia—, todo su saber anterior debidamente organizado, la relación del analista con el texto nunca es inocente, y suele ocurrir que la ingenuidad de las preguntas que le formula sea tan sólo fingida. Felizmente —y hay aquí una recompensa para esfuerzos que no guardan proporción con (p. 16) los descubrimientos—, de vez en cuando tropieza con hechos que trastocan sus certezas y le obligan a poner en entredicho explicaciones dispuestas de antemano. Esta ruta sembrada de obstáculos, según la conocida imagen de Condillac, es quizá la de toda práctica científica.
2. Si hay un campo en que la investigación semiótica parece haber logrado establecer sus cuarteles, ese campo es, sin duda, el de la organización sintagmática de la significación. No se trata, por supuesto, de un saber indubitable ni de adquisiciones definitivas, sino de una manera de enfocar el texto, de procedimientos de segmentación, del reconocimiento de unas cuantas regularidades y, sobre todo, de modelos de previsibilidad de la organización narrativa, aplicables en principio a toda clase de textos e incluso, como resultado de extrapolaciones presuntamente justificadas, a encadenamientos más o menos estereotipados de conductas humanas.
Una vuelta al trabajo de Propp, y sobre todo su inserción en el terreno de investigación abierto por los análisis mitológicos de Dumezil y Lévi-Strauss, hicieron posibles estos estudios. La aparente simplicidad de las estructuras narrativas que Propp reconoció en los cuentos populares, así como la feliz elección de su terreno de maniobras, explican tan triunfal retorno: el cuento maravilloso de la infancia presta de buena gana su evidencia a la limpidez de la demostración. Así pues, hemos trabajado, no sin algunas recomposiciones y generalizaciones, y seguimos trabajando sobre la base de esta adquisición proppiana.
Hoy, cuando sus virtudes heurísticas parecen estar agotándose, podría ser tentador —aunque poco original— seguir el ejemplo de este autor y, según el principio que invita a ir de lo conocido a lo desconocido y de lo más simple a lo más complejo, pasar de la literatura oral a la literatura escrita, del cuento popular al cuento culto, buscando una confirmación de los modelos teóricos parciales con que contamos y resistencias factuales que incrementarían nuestro saber sobre las organizaciones narrativas y discursivas.
3. En el campo del análisis de discursos narrativos, metodológicamente circunscripto, es la semiótica literaria la que, por el número de investigadores y la calidad de sus trabajos, ocupa el primer lugar, claro está que también el lugar más expuesto, tanto al elogio como a la crítica. A decir verdad, la rapidez de su desarrollo y la amplitud de sus ambiciones tenían que inspirar cierta inquietud: “quien mucho abarca, poco aprieta”, dice una antigua sabiduría. Así pues, la impresión de que dichos estudios parecen hoy mostrar el camino, se debe a que en este terreno sabemos ciertamente demasiadas cosas, pero las conocemos mal. Esta crisis de crecimiento —porque de eso se trata— se manifiesta en varios síntomas que a veces cobran forma de atolladeros:
a) Cierta aplicación mecánica des esquema proppiano por la cual, tras su simple proyección sobre textos literarios, se reconoce en ellos (p. 17) una serie esperada de “funciones”, o aún más, la utilización de modelos reducidos que definen en relato, por ejemplo, como una sucesión de mejoras y agravaciones de la situación, se presentan como otras tantas técnicas repetitivas, sin proyecto científico: no sirven ni para aumentar nuestro conocimiento de las organizaciones narrativas ni para dar cuenta de la especificidad de los textos estudiados.
b) Algunas investigaciones literarias apuntan con frecuencia a conciliar la indagación semiótica con las exigencias de la época, escogiendo textos no representativos pero modernos y altamente elaborados. Si su análisis pone a menudo al descubierto el valor heurístico de la semiótica, a la que enriquece con nuevos conceptos (cuya importancia intuitiva no debe ser desestimada), de todas formas supone un vicio redhibitorio: el de no dejar la menor esperanza en una eventual validación.
Algunas veces esos trabajos son comparables, por su originalidad a los mejores ensayos de crítica literaria, y se insertan en ellos como puntos de vista sobre el texto: pierden así su especificidad semiótica. En casos más frecuentes y menos felices, constituyen lo que podemos considerar como una “aportación” de la semiótica a la crítica literaria, desde la efímera renovación de su vocabulario hasta la aparición de una “escritura” semiótica.
c) Por último, una tercera actitud conjuga los efectos contradictorios de la fascinación que la riqueza del texto examinado provoca, y la impotencia, confesada o no, para dar cuenta de él. Las justificaciones teóricas de esta dimisión pueden asumir diversas formas. Se insistirá, por ejemplo, en la unicidad de cada texto, que constituye un universo por sí solo, y se postulará la necesidad de construir una gramática para cada uno: pero lo propio de una gramática es poder dar cuenta de la producción y de la lectura de un número elevado de textos, y el empleo metafórico de este término —homenaje del vicio a la virtud— no logra ocultar la renuncia al proyecto semiótico. Se dirá también que todo textos es susceptible de una infinidad de lecturas, lo cual suele ser una buena excusa para ahorrarse lectura alguna, siempre fastidiosa. Se pretenderá, por último, que la riqueza del texto se debe a que es el producto de una infinidad de códigos autónomos: forma ésta de desplazar el problema y no de resolverlo, porque, o bien el sujeto de la enunciación —productor del texto— es un monstruo innumerable, o bien este sujeto mismo ha estallado ya en mil pedazos y entonces habrá que recurrir a otras honduras metafísicas para dar con su principio de unidad.
4. Para estas actitudes dimisionarias se podrían encontrar, es muy posible, razones ideológicas. Sin embargo, por el momento, bastará con una simple explicación pragmática: los recursos metodológicos de que hoy en día dispone la semiótica discursiva no corresponden —o mejor dicho, todavía no corresponden— a las exigencias del análisis de textos literarios complejos. Pese a ello, la inadecuación entre los medios y las necesidades no permite incriminar a dichos recursos ni discriminar textos supuestamente refractarios al análisis. Asimismo, nuestra incapacidad para reconocer la coherencia sintagmática de ciertos textos o el carácter sistemático del universo semántico a ellos subyacente, no deben ser precipitadamente confundidos con la ausencia de coherencia o de sistematicidad.
En suma, todo nos invita a plantear el problema de la semiótica discursiva en términos de estrategia y de táctica: una estrategia de conjunto para una disciplina dada, según la cual los objetos semióticos simples deber ser examinados antes de que los objetos complejos; una táctica particular, para el enfoque de cada objeto discursivo, que consiste en adoptar el nivel óptimo de análisis, el más apropiado al objeto, permitiendo estatuir, a la vez, sobre la especificidad de un texto y sobre sus modos de participación en el universo sociolectal de las formas narrativas y discursivas.
Entendiendo que la mejor manera de dar consejos es ser el primero en aplicarlos, hemos hallado que lo mejor que podía hacerse era practicar sobre un texto en apariencia simple, producto de un escritor pasablemente anticuado, e intentar percatarnos por nosotros mismos de lo que allí sucede.

II

1. Elegir a Maupassant equivale a a enrolarse de algún modo en la estirpe de Propp, continuando la exploración semiótica de un “género” literario, el cuento, del cual la obra de Maupassant —situada entre las de Merimée y Chejov— constituye, según opinión general, uno de los jalones destacados. También implica escoger un texto conocido: en efecto, Maupassant es uno de los escritores franceses más leídos. Tomar un texto ligeramente marchito supone, finalmente, asegurarse de antemano una distancia entre éste y el lector, cuya mirada no está deformada por reinterpretaciones modernas.
2. El estudio de un texto literario plantea inevitablemente, de una manera más o menos explícita, el problema de su situación en el universo literario sociolectal. Si por “universos literarios” se entiende clasificaciones de textos correspondientes a las dimensiones de las áreas culturales (o a veces a los límites de sociedades cerradas sobre sí mismas), cuya forma es la de etnotaxonomías que —con ayuda de categorías distintivas y lexicalizaciones apropiadas articulan el conjunto de discursos en clases y subclases y que rigen, después, las producciones ulteriores de nuevos discursos; y si se piensa que estas clasificaciones “naturales” se pueden explicitar y presentar como “teorías de géneros”, vemos que al intentar describir un texto literario como el de Maupassant, es preciso comenzar por preguntarse en qué medida no se está describiendo, al mismo tiempo, un texto “realista” de la prosa francesa del siglo XIX.
(p. 19)
3. Queda así instalada la ambigüedad como condición previa de la investigación. Porque todo el interés del retorno al esquema narrativo de Propp por parte de la semiótica, no está en que permite dar cuenta de la organización narrativa del cuento ruso (o del europeo, que participa de la misma área cultural), o en que puede ser utilizado como modelo de análisis en la etnoliteratura en general; dicho interés proviene de que el esquema proppiano es susceptible de ser considerado, después de algunos ajustes necesario, como un modelo hipotético pero universal, de la organización de los discursos narrativos y figurativos.
Así pues, los numerosos estudios de inspiración semiótica que procuran definir, por ejemplo, el “género fantástico” o el “género realista”, no aportan tantas respuestas como abren nuevos interrogantes. Por ejemplo, si se elige como campo de exploración un conjunto de textos clasificados por tradición y por convención bajo tal o cual etiqueta, no hay modo alguno de cerciorarse de que los rasgos comunes, seleccionados como definitorios de un género, lo sean realmente y no reaparezcan idénticos —como vimos que ha sucedido— en que un género a primera vista distante como podría ser el discurso trágico. No sólo no existe un texto que sea la realización perfecta de un género sino que, además, en cuanto organización acrónica, el género es lógicamente anterior a toda manifestación textual.
¿Debería plantearse entonces en primer término la existencia de un “discurso realista”, dotado de una organización propia, independiente de los universos literarios y de las áreas culturales en que se inscribe, y cuyas propiedades estructurales constantes serían reconocibles, por ejemplo, como las de los proverbios y enigmas, ya sean europeos, africanos o asiáticos? ¿Cómo hacer para elevar el realismo al rango de concepto universal?
Nuestra ambición no nos arrastrará, pues, a considerar el cuento aquí estudiado como un texto realista.


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