jueves, 22 de mayo de 2014

UN TEXTO DE TEORÍA LITERARIA BIEN EVALUADO POR CUMPLIR CON LOS CRITERIOS DE EXTENSIÓN, APLICACIÓN DE LA TEORÍA, ORGANIZACIÓN ARGUMENTATIVA Y REGISTRO BIBLIOGRÁFICO. I


La estructura apelativa en El donador de almas de Amado Nervo

Amado Nervo nació en Nayarit en 1870 y murió en 1919 en Montevideo, Uruguay. Su producción literaria estuvo influenciada por los grupos intelectuales de la revista Azul y la Revista moderna, por lo que su obra comúnmente se inserta en el movimiento modernista. Escribió su tercera novela corta El donador de almas en 1899, mismo año en el que apareció, del 9 de abril al 7 de mayo, por entregas en cuadernillos independientes de dieciséis páginas en la revista Cómico. La versión completa apareció póstumamente hasta 1920 en la revista Novela quincenal. Tomo III, número 8; se publicó con ilustraciones de Antonio Gómez, y cornisas, remates y capitulares de Alfonso Garduño[1]. La novela consta de un brevísimo prólogo anónimo, de 22 capítulos y de una dedicatoria a Josefina Tornel seguida de un epígrafe en latín escrito por el mismo Nervo: “Amica in gaudio, soror in tenebris[2]”. 
            En el sucinto prólogo antes mencionado aparece una observación acerca del mérito literario de la novela: “Considerada literariamente, nuestra novela presenta un hábil desarrollo y un diálogo nada pesado. Quien comienza a leerla, acaba con ella en un momento sin parar hasta el fin”[3]. Este comentario, aparentemente  insustancial, encierra una probable hipótesis: partiendo de que en El donador de almas hay una estructura apelativa al lector con una fuerte presencia, considero que mientras más apelaciones al lector –si no más, sí constantes– en un texto literario, es más fácil la recepción, es decir, la lectura se vuelve más rápida pues la atención del lector se ha acaparado y por ello la novela gana movimiento en la narración. En “La estructura apelativa de los textos”, Wolfgang Iser pregunta acerca de los textos literarios: “¿cómo se puede describir lo excitante? Los textos tienen sin duda aspectos estimulantes, que perturban y con esto se causa esa nerviosidad que Susan Sontag quiere designar como el erotismo de las artes”[4]. Entonces, gracias a estos estímulos perturbadores de los que habla Iser podríamos afirmar que el arte es seductor, que envuelve al receptor para no dejarlo ir y retenerlo la mayor cantidad de tiempo posible. Por consiguiente, a la primera hipótesis podríamos agregar que si hay mayor apelación al lector, habrá menos indeterminación y, por tanto, menos participación del lector para descifrar lo expresado en el texto. Lo anterior puede no ser acertado totalmente: en el prologuillo al Donador aparece otra nota interesante: dice el prologuista que en el último capítulo, “allí, lector, Nervo te explicará lo que no hayas comprendido al leer su novela”. De ello, podríamos conjeturar que la apelación constante al lector no es suficiente para que el sentido del texto sea completo, pues Nervo añadió un capítulo más para aclararlo; también, que los editores estaban conscientes de la complejidad de la novela, en cuanto al contenido, no a la forma. Una explicación lógica a la dificultad que supone El donador de almas en esa época es que precisamente trata un tema innovador o poco conocido por los receptores (de aquí se podría estudiar la mala o buena recepción de la novela por parte del público lector en la década de los veinte, asunto que no compete a este trabajo). Ahora, con dos hipótesis establecidas, es conveniente tratar punto por punto para obtener finalmente una idea más esclarecedora acerca de la presencia de la estructura apelativa en El donador de almas y su posible efecto en el lector como individuo.
            Primeramente es necesario definir el término estructura apelativa. Para Iser, el texto literario se caracteriza por su falta de superposición con los objetos del mundo real y las experiencias propias del lector[5]. La tarea del que lee es fijar “la estructura oscilante del texto en significados que, por lo general, se producen en el proceso mismo de la lectura”[6] a partir de un conjunto de herramientas dirigidas implícita o explícitamente a éste, y que comúnmente son más evidentes en la segunda lectura:
En una segunda lectura se está provisto con una información infinitamente mayor sobre el texto […] Esta información adicional es la condición para que se pueda usar, de manera diferente o tal vez hasta de una manera más intensa, las relaciones, no formuladas, entre las diversas situaciones del texto[7].
La estructura apelativa, entonces, está constituida por aquellos recursos formales  de los que se vale el autor para guiar al receptor. La estructura apelativa afecta al conjunto de perspectivas que producen el objeto literario, para hacerlo menos o más claro, dependiendo de la finalidad del autor. En El donador de almas las apelaciones apuntan a esclarecer el objeto literario, como se verá a continuación.
            Una de las características principales de la indeterminación en la literatura, presentes en  la novela de Nervo, es la publicación por entregas. Actualmente si leemos una novela del siglo XIX publicada originalmente  por entregas, la indeterminación que ofrecía el texto no es el mismo pues es posible saber qué va a ocurrir inmediatamente y no después de diez o quince días que tardaba en publicarse el capítulo nuevo. Lo que sí podemos apreciar todavía es la técnica de corte con la que se trabajaba en este tipo de novelas: están divididas en capítulos interrumpidos estratégicamente en “donde se ha formado una tensión que exige una solución o donde se desea saber algo sobre el desenlace de lo recién leído”[8]. El donador de almas sigue esta pauta; el ejemplo más claro de arrastre de tensión se da entre el capítulo “Sor Teresa” y “¿Y ahora…?”; el primero finaliza con el conflicto suscitado por la muerte de sor Teresa: el autor interrumpe la conversación entre Rafael y Alda e inserta un comentario que frena aun más el movimiento que llevaba el relato:

–¡Sepultado! –clamó el doctor en el colmo de la estupefacción.
–Sepultado… y está desorganizándose ya.
–¿Y ahora…? –gimió Rafael.
–¡Y ahora…! –gimió Alda.
Y ahora, el autor da remate al capítulo séptimo de esta cosa que va formando un libraco cualquiera.
La última anotación del autor da término al capítulo estrepitosamente: la narración se paraliza y la tensión se arrastra hasta el capítulo siguiente, en el que se da una solución. Nervo asimismo hace un comentario, ingenioso, muy a su estilo, referido a la publicación por entregas; en el último capítulo se lee:

ZOILO. Pudo usted ahorrarse esta réplica, cumpliendo con su canon de silencio.
ÉL. Suponga usted que la necesitaba para nutrir dos páginas más que completasen la última entrega, y que todo es asunto de regente…  
Este comentario funciona como crítica a la industria de la imprenta o de la edición, pero lo supongo valioso porque no deja de dar luz sobre la publicación de novelas impresas por entregas en aquella época.
            En cuanto a las herramientas formales constitutivas de la estructura apelativa de los textos, Alberto Vital en “Teoría de la recepción”, basándose en los términos teóricos propuestos por Iser, hace un enlistado de ellas: a) vacíos de información, b) comentarios del narrador, c) lugares privilegiados o peritextos, d) marcas de lectura  y e) líneas de acción[9].
El donador de almas no tiene vacíos de información (más adelante se abordará el tema de la indeterminación). El argumento de la novela es sencillo y lineal: tiene un inicio y un fin claros; en el final de la obra, todas las líneas de acción aparecen concluidas en su totalidad, por lo que no hay un final abierto que deje la oportunidad al lector de interpretar algún hueco en la información.  
De la lista de Vital, se puede considerar que las dos herramientas más explotadas por Amado Nervo en su novela son los comentarios del narrador y las marcas de lectura. Los primeros, dice Vital, “sirven para orientar o distraer al lector en cuanto a las intenciones del autor”[10]: en El donador sirven, sin duda, para orientar; verbigracia, “El doctor encendió un segundo cigarro –la sutil penetración del lector habrá adivinado, sin duda, que ya había encendido el primero– y empezó a fumar con desesperación […]” o “Y el doctor se dio un beso… mental. (¿Cómo besarse de otra manera? ¿Sólo las mujeres saben besarse a sí mismas en los labios, a través del mar tranquilo del espejo!)”; para conducir la atención del lector: “En 1890, el lector, si le place, tornará a encontrar al doctor en las circunstancias que enseguida se expresan” o “Mas, como quien bien te quiere te hará llorar, Andrés iba a hacer llorar a Rafael –o mejor dicho, al hemisferio derecho del cerebro de Rafael­– lágrimas de sangre, como verá quien siga leyendo”, y para rectificar la atención: “Dos ojos negros y muy grandes que tenía el doctor, ¿no lo había dicho?”.
A los comentarios del narrador hay que añadir los del autor. A este propósito, Iser considera que los comentarios del autor sirven para guiar y aclarar la historia narrada: “el autor mismo elimina vacíos, pues con sus comentarios desea unificar la concepción del relato. […] El autor mismo le dice cómo debe entender su relato”[11]. El teórico alemán pone como ejemplo el comentario de Dickens a una escena de Oliver Twist, en la que un niño se atreve a pedir una segunda ración de sopa; el comentario del autor apoya el desprecio de los vigilantes del hospicio, lo que causa un extrañamiento en el lector, quien lo desaprueba[12]. Un ejemplo similar en  la novela de Nervo lo encontramos en el capítulo “Fin del mundo”, en el que se describen las peculiaridades de doña Corpus, quien, deseosa del fin del mundo, lo pedía fervorosamente a Dios. Ante tal paradoja, el autor se permite dirigirse al lector y hacerle la siguiente sugerencia: “Suplicamos al lector que no censure a Doña Corpus, en nombre de la libertad de ideas que constituyen la presea más valiosa de nuestro moderno orden social”. A lo largo de la narración, hay una cantidad importante de comentarios hechos por el autor, “de repente, el lector ya no tiene contacto exclusivamente con las figuras de la novela, sino además con un autor que se coloca en el papel de un comentarista entre la historia y el lector”[13]. En El donador de almas incluso se llega a confundir el papel del autor y el del narrador pues a veces da la impresión de que son uno mismo; en el capítulo “El regalo del elefante”, en el que se narra la extrañeza con la que el doctor recibía el alma, Nervo inserta un comentario entre paréntesis que funciona como anécdota y como ejemplo: “(El autor de esta historia preguntó en cierta ocasión a una tonta: “¿Quieres un sueño? ¿Me permites que te regale un sueño?” […])”; igualmente hay comentarios en los que el autor justifica lo que escribe:

Todo el universo estaba dentro de él, estaba en su cerebro. Su cerebro era un huerto cerrado, donde Adán y Eva –Rafael y Alda– se besaban continuamente (perdonando ustedes este antropomorfismo y otros en que ha incurrido y habrá de incurrir el autor)

o “Las lunas de miel, por más que sean tan excepcionales como la de nuestro héroe (clisé que todos los novelistas usan para designar al personaje principal de sus novelas), tienen su cuarto menguante y su conjunción”, y comentarios en los que el narrador hace referencia al autor: “¿Cumplió Alda la promesa hecha a su amado? Juzgamos que sí, porque merced a la omnividencia, que es privilegio del autor, hallamos en una página del diario de Rafael [...]”.
            Otra de los mecanismos dirigidos al lector utilizados por Nervo son las marcas de lectura, “que consisten en todos los elementos útiles para responder a cualquiera de las siguientes cuestiones: 1) ¿quién habla?, 2) ¿dónde ocurren los hechos?, 3) ¿cuándo ocurre? y 4) ¿a quién se habla?”[14]. Para representar el comportamiento de los personajes, de quiénes hablan, Nervo utiliza marcas de lectura en forma de acotaciones casi teatrales, las cuales sirven para ofrecer al lector una imagen completa y rica en elementos que le permitan recrear la escena casi como si la estuviera viendo; por ejemplo, en el capítulo I:   

–¿Quién? –bostezo de malhumorado–. ¿Quién es?
–El señor Esteves.
(Expresión de alegría)

Y en el capítulo “La donación”:

–Pues bien: hace un año, un año, ¿te enteras?, que pienso todos los días, todos los días, ¿te fijas?, en hacerte un regalo. (Aquí el doctor frunció el ceño). Un regalo digno de ti […] (Segundo fruncimiento de cejas del doctor) […].

Dentro de otro grupo, se pueden clasificar las referencias al lector propias del estilo gracioso y ameno de Nervo. Además de que aligeran y dan movimiento a la narración, este tipo de recurso involucra de una manera más profunda al lector; véanse los ejemplos: después de mencionar algunas expresiones en ruso como Dobropojalovat o Spassibo za vasche gosteprumst vo, aparece la siguiente recomendación: (Suplicamos al lector que no intente pronunciar estas frases. Perderían mucho de su encantadora expresión), o en el capítulo “Música celestial”:

–Me estás hablando en griego, Andrés.
–Te estoy hablando en hebreo, Rafael
–No te entiendo, Andrés (juzgamos que el lector tampoco).
Como podemos notar, la novela contiene un compendio vasto de herramientas formales apelativas al lector. Francisco Tovar Blanco hace un enlistado de algunos de los elementos dentro del Donador constitutivos de la estructura apelativa:

fragmentos de un diario íntimo, descripciones objetivas, frases y secuencias líricas, registros científicos, discursos y planteamientos filosóficos, teosóficos o mítico-religiosos, conocimientos astronómicos y astrológicos... Todo ello en su más ajustada mezcla y en su apropiada fórmula moderna[15].

El estilo de Nervo, “que se distingue por su amenidad y humorismo”[16], hace posible la lectura agradable y distendida aun en los capítulos menos narrativos y más discursivos como “Música celestial”, por citar un ejemplo.  
Ahora bien, con lo visto anteriormente se puede afirmar  que la estructura apelativa busca producir un efecto, el cual está condicionado por la indeterminación del texto. Wolfgang Iser se pregunta si la indeterminación representa una condición fundamental para el efecto, y aclara: “Cuanto más pierden los textos en determinación, más fuertemente interviene el lector en la co-realización de su posible intención”[17]. Esto es, una obra con poca determinación siempre va a provocar algo más que una en la que la realidad del texto es casi un espejo de la realidad vital del lector. Para Iser, entonces, la indeterminación es una cualidad intrínseca al texto literario por su falta de superposición con los objetos del mundo real y las experiencias propias del lector. En El donador de almas la indeterminación disminuye debido a los comentarios excesivos del autor para guiar al lector y a la inserción del último capítulo, “Zoilo y él”, que ofrece al lector una explicación sumamente explícita con base en el juego preguntas-respuestas entre dos personajes:

ZOILO. ¿Por qué llama usted a esta historia El donador de almas? Fíjese usted bien: el donador apenas si proyecta su silueta en el libro, y en cuanto a las almas donadas se reducen a una.
ÉL. Hay un derecho incontrovertible, y es el de bautizar. […] Mi nouvelle se llama El donador, en primer lugar, porque así me plugo llamarla, y en segundo, porque al final de ella vive aún quien da, y quien da, lógicamente, puede seguir dando.

La poca actividad que le corresponde al lector del Donador posiblemente conlleve un efecto negativo. Iser lo explica así:

Si la cantidad de vacíos disminuye en un texto fictivo, entonces cae en el peligro de aburrir a sus lectores, ya que los confronta con un grado creciente de determinación orientado ideológica o utópicamente. Sólo los vacíos conceden una participación en la co-ejecución y en la constitución del sentido del suceso[18].

Es imposible, por supuesto, saber con certeza cuál es el efecto producido por El donador de almas en el lector como individuo. Considero que es más bien la apreciación subjetiva de lo que se lee lo que condiciona el efecto, positivo o negativo, en el receptor; es una cierta afinidad que el lector puede o no encontrar en la novela de Nervo, tal como lo anota Francisco González Guerrero: “La prosa de Amado Nervo podrá gustar o no a quien la lea, según que haya afinidad en el lector o solo prejuicios de educación literaria”[19]. Al fin y a cabo, son juicios subjetivos que ni la presencia objetiva de la estructura apelativa determinan.                                                                                              
Como ya había mencionado, considero que la indeterminación en la obra de Amado Nervo radica más bien en el tema, el hermafrodismo intelectual, planteamiento al que Alfonso Méndez Plancarte denomina “pavorosa y exhilarante hipótesis metapsíquica”[20]. Si bien el género fantástico es bien aceptado en la época ya que

el espíritu de las gentes, aún al filo del siglo XX, se alimenta de lo fantástico. No cabe renunciar a las ventajas del dinero, la ciencia o la técnica, deteniendo repentinamente el proceso social o los acelerados logros del conocimiento. Se trata de no esconder el bulto ni negar lo fundamental ante los principios naturales de un mundo enigmático que sigue guardando celosamente el secreto de la esfinge[21]

y Nervo, como menciona Blanco, “se mueve como mejor sabe y puede entre las redes del entramado social, político y cultural del tiempo que le ha tocado en suerte”[22], sin embargo, la tesis central de la novela, para comprenderla, sí demanda complejidad y especialización.
            Para concluir, se puede asegurar que El donador de almas consta de una estructura apelativa con gran dimensión, cuyo objetivo, la mayoría de las veces, es esclarecer el objeto literario, esto es, dirigir al lector hacia un entendimiento preciso y claro del texto; por consiguiente, la novela de Nervo presenta mínima indeterminación; a excepción de los discursos filosóficos, astrológicos y científicos que exponen el innovador tema. La preocupación de Amado Nervo por sus lectores, entonces, se puede percibir gracias a todos los recursos que utiliza para hacer más comprensible la lectura del Donador, desde el comienzo hasta el final:

Este es el cuento de El donador de almas, que he tenido el placer y la melancolía de contaros. Guardadlo en vuestro corazón, y plegue al cielo que cuando la Quimera llegue hasta vosotros la acariciéis con humilde espíritu y en alta contemplación, a fin de que no se aleje y hayáis de amarla cuando parta…
Deo gratias feliciter, amen!     

BIBLIOGRAFÍA
ISER, Wolfgang. “La estructura apelativa de los textos” en En busca del texto: teoría de la recepción literaria. Compilación de Dietrich Rall y traducción de Sandra Franco. UNAM, México, 1987.
GONZÁLEZ GUERRERO, Francisco y Alfonso MÉNDEZ PLANCARTE, edición, estudios y notas. Obras completas. Tomo I. Prosas y II. Poesías de Amado Nervo. Aguilar, Madrid, 1973.
NERVO, Amado. El donador de almas en El libro que la vida no me dejó escribir. Selección y estudio preliminar de Gustavo Jiménez Aguirre. FCE/Fundación para las Letras Mexicanas/UNAM, México, 2006.
TOVAR BLANCO, Francisco. Visiones fantásticas en la prosa literaria de Amado Nervo. Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes, Alicante, 2010. Disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/visiones-fantasticas-en-la-prosa-literaria-de-amado-nervo/html/8ad147db-7d32-41db-b79c-6327ce6637c8_4.html#I_0_
VITAL, Alberto. “Teoría de la recepción” en Aproximaciones. Lecturas del texto. Edición de Esther Cohen. UNAM, México, 1995.





[1] Dos ediciones facsimilares dignas de ser mencionadas se pueden consultar en la red. La primera está editada por la Biblioteca virtual Miguel de Cervantes, disponible en: http://www.cervantesvirtual.com/obra/el-donador-de-almas/; la segunda, por un grupo de investigadores auspiciado por el Instituto de Investigaciones Filológicas de la UNAM, disponible en:  http://www.amadonervo.net/narrativa/flash/donador/donador.html  
También se puede consultar la versión en audio en: http://www.descargacultura.unam.mx/app1?sharedItem=864
[2] En español: “Amiga en la alegría, hermana en las tinieblas”.
[3] La edición utilizada a lo largo del trabajo es: Amado NERVO, El donador de almas en El libro que la vida no me dejó escribir. CFE/Fundación para las Letras Mexicanas/UNAM, México, 2006.
[4] Wolfgang ISER, “La estructura apelativa de los textos” en En busca del texto. Teoría de la recepción literaria, p. 99.
[5] Ibidem, pp. 102,103.
[6] Ibidem, p. 104.
[7] Ibidem, p. 106.
[8] Ibidem, p. 108.
[9] Alberto VITAL, “Teoría de la recepción” en Aproximaciones. Lecturas del texto de Esther Cohen, ed., pp, 247-249.
[10] Ibidem, p. 247.
[11] Wolfgang ISER, Op. cit., p. 109.
[12] Ibidem, pp. 110, 111.
[13] Ibidem, p. 110.
[14] Alberto VITAL, Op. cit., p. 248.
[15] Francisco TOVAR BLANCO, “Visiones fantásticas en la prosa literaria de Amado Nervo”.
[16] Francisco GONZÁLEZ GUERRERO, “Introducción” en Obras completas. Tomo I. Prosas de Amado Nervo, p. 33.
[17] Wolfgang ISER, Op. cit., p. 101.
[18] Ibidem, pp. 106, 107.
[19] Francisco GONZÁLEZ GUERRERO, Op. cit., p. 33.
[20] Alfonso MÉNDEZ PLANCARTE, “Introducción” en Obras completas. Tomo II. Poesía de Amado Nervo.  
[21] Francisco TOVAR BLANCO, Op. cit.
[22] Idem. 

lunes, 21 de abril de 2014

PRÓLOGO de A. J. Greimas

Greimas, A. J., La semiótica del texto. Ejercicios prácticos, trad. Irene Agoff, Buenos Aires, Paidós, 1993, pp. 15-19.


(p. 15)
I
1. La lectura de un cuento literario que aquí proponemos pretende ser una muestra de ejercicios prácticos, es decir, una ilustración del encuentro entre el semiótico —que interroga al texto y lo manipula— y el texto mismo, que le opone, unas veces su opacidad, y otras una transparencia que no hace más que reflejar los juegos de múltiples facetas en él inscritos. Al igual que la exploración del etnólogo, instalado sobre el terreno, este trabajo sobre el texto podría tomarse como un ingenuo retorno a las fuentes por parte del semiótico.
Comparación que aun es posible extremar: como sucede con el extranjero que, al establecerse junto a una comunidad de la que se sabe diferente, trae consigo, además de una simpatía un tanto hipócrita —por basarse en el postulado de la diferencia—, todo su saber anterior debidamente organizado, la relación del analista con el texto nunca es inocente, y suele ocurrir que la ingenuidad de las preguntas que le formula sea tan sólo fingida. Felizmente —y hay aquí una recompensa para esfuerzos que no guardan proporción con (p. 16) los descubrimientos—, de vez en cuando tropieza con hechos que trastocan sus certezas y le obligan a poner en entredicho explicaciones dispuestas de antemano. Esta ruta sembrada de obstáculos, según la conocida imagen de Condillac, es quizá la de toda práctica científica.
2. Si hay un campo en que la investigación semiótica parece haber logrado establecer sus cuarteles, ese campo es, sin duda, el de la organización sintagmática de la significación. No se trata, por supuesto, de un saber indubitable ni de adquisiciones definitivas, sino de una manera de enfocar el texto, de procedimientos de segmentación, del reconocimiento de unas cuantas regularidades y, sobre todo, de modelos de previsibilidad de la organización narrativa, aplicables en principio a toda clase de textos e incluso, como resultado de extrapolaciones presuntamente justificadas, a encadenamientos más o menos estereotipados de conductas humanas.
Una vuelta al trabajo de Propp, y sobre todo su inserción en el terreno de investigación abierto por los análisis mitológicos de Dumezil y Lévi-Strauss, hicieron posibles estos estudios. La aparente simplicidad de las estructuras narrativas que Propp reconoció en los cuentos populares, así como la feliz elección de su terreno de maniobras, explican tan triunfal retorno: el cuento maravilloso de la infancia presta de buena gana su evidencia a la limpidez de la demostración. Así pues, hemos trabajado, no sin algunas recomposiciones y generalizaciones, y seguimos trabajando sobre la base de esta adquisición proppiana.
Hoy, cuando sus virtudes heurísticas parecen estar agotándose, podría ser tentador —aunque poco original— seguir el ejemplo de este autor y, según el principio que invita a ir de lo conocido a lo desconocido y de lo más simple a lo más complejo, pasar de la literatura oral a la literatura escrita, del cuento popular al cuento culto, buscando una confirmación de los modelos teóricos parciales con que contamos y resistencias factuales que incrementarían nuestro saber sobre las organizaciones narrativas y discursivas.
3. En el campo del análisis de discursos narrativos, metodológicamente circunscripto, es la semiótica literaria la que, por el número de investigadores y la calidad de sus trabajos, ocupa el primer lugar, claro está que también el lugar más expuesto, tanto al elogio como a la crítica. A decir verdad, la rapidez de su desarrollo y la amplitud de sus ambiciones tenían que inspirar cierta inquietud: “quien mucho abarca, poco aprieta”, dice una antigua sabiduría. Así pues, la impresión de que dichos estudios parecen hoy mostrar el camino, se debe a que en este terreno sabemos ciertamente demasiadas cosas, pero las conocemos mal. Esta crisis de crecimiento —porque de eso se trata— se manifiesta en varios síntomas que a veces cobran forma de atolladeros:
a) Cierta aplicación mecánica des esquema proppiano por la cual, tras su simple proyección sobre textos literarios, se reconoce en ellos (p. 17) una serie esperada de “funciones”, o aún más, la utilización de modelos reducidos que definen en relato, por ejemplo, como una sucesión de mejoras y agravaciones de la situación, se presentan como otras tantas técnicas repetitivas, sin proyecto científico: no sirven ni para aumentar nuestro conocimiento de las organizaciones narrativas ni para dar cuenta de la especificidad de los textos estudiados.
b) Algunas investigaciones literarias apuntan con frecuencia a conciliar la indagación semiótica con las exigencias de la época, escogiendo textos no representativos pero modernos y altamente elaborados. Si su análisis pone a menudo al descubierto el valor heurístico de la semiótica, a la que enriquece con nuevos conceptos (cuya importancia intuitiva no debe ser desestimada), de todas formas supone un vicio redhibitorio: el de no dejar la menor esperanza en una eventual validación.
Algunas veces esos trabajos son comparables, por su originalidad a los mejores ensayos de crítica literaria, y se insertan en ellos como puntos de vista sobre el texto: pierden así su especificidad semiótica. En casos más frecuentes y menos felices, constituyen lo que podemos considerar como una “aportación” de la semiótica a la crítica literaria, desde la efímera renovación de su vocabulario hasta la aparición de una “escritura” semiótica.
c) Por último, una tercera actitud conjuga los efectos contradictorios de la fascinación que la riqueza del texto examinado provoca, y la impotencia, confesada o no, para dar cuenta de él. Las justificaciones teóricas de esta dimisión pueden asumir diversas formas. Se insistirá, por ejemplo, en la unicidad de cada texto, que constituye un universo por sí solo, y se postulará la necesidad de construir una gramática para cada uno: pero lo propio de una gramática es poder dar cuenta de la producción y de la lectura de un número elevado de textos, y el empleo metafórico de este término —homenaje del vicio a la virtud— no logra ocultar la renuncia al proyecto semiótico. Se dirá también que todo textos es susceptible de una infinidad de lecturas, lo cual suele ser una buena excusa para ahorrarse lectura alguna, siempre fastidiosa. Se pretenderá, por último, que la riqueza del texto se debe a que es el producto de una infinidad de códigos autónomos: forma ésta de desplazar el problema y no de resolverlo, porque, o bien el sujeto de la enunciación —productor del texto— es un monstruo innumerable, o bien este sujeto mismo ha estallado ya en mil pedazos y entonces habrá que recurrir a otras honduras metafísicas para dar con su principio de unidad.
4. Para estas actitudes dimisionarias se podrían encontrar, es muy posible, razones ideológicas. Sin embargo, por el momento, bastará con una simple explicación pragmática: los recursos metodológicos de que hoy en día dispone la semiótica discursiva no corresponden —o mejor dicho, todavía no corresponden— a las exigencias del análisis de textos literarios complejos. Pese a ello, la inadecuación entre los medios y las necesidades no permite incriminar a dichos recursos ni discriminar textos supuestamente refractarios al análisis. Asimismo, nuestra incapacidad para reconocer la coherencia sintagmática de ciertos textos o el carácter sistemático del universo semántico a ellos subyacente, no deben ser precipitadamente confundidos con la ausencia de coherencia o de sistematicidad.
En suma, todo nos invita a plantear el problema de la semiótica discursiva en términos de estrategia y de táctica: una estrategia de conjunto para una disciplina dada, según la cual los objetos semióticos simples deber ser examinados antes de que los objetos complejos; una táctica particular, para el enfoque de cada objeto discursivo, que consiste en adoptar el nivel óptimo de análisis, el más apropiado al objeto, permitiendo estatuir, a la vez, sobre la especificidad de un texto y sobre sus modos de participación en el universo sociolectal de las formas narrativas y discursivas.
Entendiendo que la mejor manera de dar consejos es ser el primero en aplicarlos, hemos hallado que lo mejor que podía hacerse era practicar sobre un texto en apariencia simple, producto de un escritor pasablemente anticuado, e intentar percatarnos por nosotros mismos de lo que allí sucede.

II

1. Elegir a Maupassant equivale a a enrolarse de algún modo en la estirpe de Propp, continuando la exploración semiótica de un “género” literario, el cuento, del cual la obra de Maupassant —situada entre las de Merimée y Chejov— constituye, según opinión general, uno de los jalones destacados. También implica escoger un texto conocido: en efecto, Maupassant es uno de los escritores franceses más leídos. Tomar un texto ligeramente marchito supone, finalmente, asegurarse de antemano una distancia entre éste y el lector, cuya mirada no está deformada por reinterpretaciones modernas.
2. El estudio de un texto literario plantea inevitablemente, de una manera más o menos explícita, el problema de su situación en el universo literario sociolectal. Si por “universos literarios” se entiende clasificaciones de textos correspondientes a las dimensiones de las áreas culturales (o a veces a los límites de sociedades cerradas sobre sí mismas), cuya forma es la de etnotaxonomías que —con ayuda de categorías distintivas y lexicalizaciones apropiadas articulan el conjunto de discursos en clases y subclases y que rigen, después, las producciones ulteriores de nuevos discursos; y si se piensa que estas clasificaciones “naturales” se pueden explicitar y presentar como “teorías de géneros”, vemos que al intentar describir un texto literario como el de Maupassant, es preciso comenzar por preguntarse en qué medida no se está describiendo, al mismo tiempo, un texto “realista” de la prosa francesa del siglo XIX.
(p. 19)
3. Queda así instalada la ambigüedad como condición previa de la investigación. Porque todo el interés del retorno al esquema narrativo de Propp por parte de la semiótica, no está en que permite dar cuenta de la organización narrativa del cuento ruso (o del europeo, que participa de la misma área cultural), o en que puede ser utilizado como modelo de análisis en la etnoliteratura en general; dicho interés proviene de que el esquema proppiano es susceptible de ser considerado, después de algunos ajustes necesario, como un modelo hipotético pero universal, de la organización de los discursos narrativos y figurativos.
Así pues, los numerosos estudios de inspiración semiótica que procuran definir, por ejemplo, el “género fantástico” o el “género realista”, no aportan tantas respuestas como abren nuevos interrogantes. Por ejemplo, si se elige como campo de exploración un conjunto de textos clasificados por tradición y por convención bajo tal o cual etiqueta, no hay modo alguno de cerciorarse de que los rasgos comunes, seleccionados como definitorios de un género, lo sean realmente y no reaparezcan idénticos —como vimos que ha sucedido— en que un género a primera vista distante como podría ser el discurso trágico. No sólo no existe un texto que sea la realización perfecta de un género sino que, además, en cuanto organización acrónica, el género es lógicamente anterior a toda manifestación textual.
¿Debería plantearse entonces en primer término la existencia de un “discurso realista”, dotado de una organización propia, independiente de los universos literarios y de las áreas culturales en que se inscribe, y cuyas propiedades estructurales constantes serían reconocibles, por ejemplo, como las de los proverbios y enigmas, ya sean europeos, africanos o asiáticos? ¿Cómo hacer para elevar el realismo al rango de concepto universal?
Nuestra ambición no nos arrastrará, pues, a considerar el cuento aquí estudiado como un texto realista.


lunes, 24 de febrero de 2014

OSCURO, EXTRAÑO... POÉTICO (Artículo publicado en la revista "Palabrijes" de la UACM)

OSCURO, EXTRAÑO… POÉTICO


Rusia, 1915 o 1917. Jóvenes veinteañeros a los que les gustaba la poesía de Mayakovski tanto como les disgustaba seguir los dogmas, jóvenes que simpatizaban con la Revolución (rusa, claro) querían hacer de la literatura un trabajo científico. Sólo a los jóvenes se les puede ocurrir algo así: que la lectura y la obra literarias se convirtieran en una disciplina autónoma, con un objeto de estudio específico.
¿Por dónde empezar? Claro: organizando reuniones entre amigos. En Petrogrado (así se llamaba entonces la hermosa ciudad de San Petersburgo, cruel hogar de Raskólnikov, el héroe de Crimen y castigo) fundaron la Sociedad de Estudio del Lenguaje Poético. Y, a 650 kilómetros (unas ocho horas en tren), el Círculo de Moscú. Ambos grupos se ocuparon, entonces, de temas tan banales como urgentes: ¿qué es la literatura?, ¿cómo se construye una obra literaria?, ¿cuál es la diferencia entre verso y prosa?
Quizás la pregunta más acuciante, cuya respuesta inauguraba la teoría literaria, sea ¿cuál es el objeto de estudio de una disciplina centrada en la literatura? No es posible que sea toda la literatura, con los millones de textos que la conforman. Entonces, consideraron que ese objeto de estudio sería la característica que distingue a esos millones de textos calificados como literarios: la literaturidad presente en ellos y no en los otro millones de textos no literarios. Este tipo de procesos de reflexión llevó a los jóvenes de ambos grupos a conclusiones similares: determinar la existencia de un lenguaje “oscuro” que caracteriza a la poesía.
Víctor Shklovski (n. 1893) publicó, en 1917, es decir, cuando contaba con 24 o 25 años, su artículo “El arte como artificio”. Ahí señala un asunto muy preocupante: el hombre automatiza todas sus actividades, sus percepciones. Es decir, convertimos cada objeto y suceso en parte de la rutina, en un continuo sentir y pensar de modo automático. Tanto nos embotaríamos de rutina que perdemos nuestra capacidad de asombro, no notamos las calles ni sus habitantes, ni las expresiones de alegría o pena en los rostros. Y nuestra manera de comunicarnos refleja esa forma automática de pensar. Formulamos mensajes en función de la rutina: comprar, vender, trabajar, no trabajar, ganar, ganar más… El joven Shklovski, entonces, advertía de las terribles consecuencias de este automatismo que “devora los objetos, los hábitos, los muebles, la mujer y el miedo a la guerra.”[1] Entonces, el arte rescataría los objetos de esa automatización para llevarlos al punto opuesto, a su “singularización”, que consistiría en, digamos, mostrar un objeto en sí mismo, al margen de su utilidad, de la frecuencia con que es visto y de lo que sabemos de ese objeto. Es lo mismo que hace el poeta, por eso la idea del teórico coincide con un famoso consejo de Rilke al joven aquél: “trate de expresar como un primer hombre lo que ve y experimenta, y ama y pierde”.
El procedimiento que Shklovski propone para “singularizar” es oscurecer.

Para dar sensación de vida, para sentir los objetos, para percibir que la piedra es piedra, existe eso que se llama arte. La finalidad del arte es dar una sensación del objeto como visión y no como reconocimiento; el procedimiento del arte es el de la singularización de los objetos, y el que consiste en oscurecer la forma, aumentar la dificultad y la duración de la percepción. El acto de percepción es en arte un fin en sí y debe ser prolongado.[2]

Por eso, con frecuencia, leemos un poema y no entendemos nada, porque el poeta “oscureció” la idea para invitarnos a “iluminarla”; por ejemplo, en este poema de José Martí:

Parece imposible que dos cuerpos puedan pesar menos que uno. Desde que mezclé su sangre con mi sangre, la mía es más ligera —y desde que me la eché sobre los hombros, ando más a prisa.[3]

Dos cuerpos no pesan más que uno; la sangre no se hace más ligera ni se echa sobre los hombros: esos son procedimientos para oscurecer la idea. El lenguaje figurado nos hace mirar los objetos con una nueva visión de la realidad. ¿Qué nos muestra este poema en prosa de José Martí? Un hombre que es más feliz desde que ha formado una familia: su sangre se ha mezclado con la de otra persona, es decir, ha tenido un hijo, y cuando lo lleva sobre los hombros, es más fuerte. Algo tan cotidiano como la paternidad, la imagen de un padre, de pronto vuelve a surgir como nueva, con sus significados, primero oscuros, luego reveladores.
Los procedimientos para oscurecer el lenguaje son, en síntesis, las figuras literarias: la metáfora, el hipérbaton, el retruécano, palabras espantosas cuyas definiciones a veces son mucho más oscuras que el lenguaje poético. Reconocer esas figuras no parecía interesar al joven teórico, en cambio, prefería descubrir los procedimientos que el autor había seguido para dificultar la comprensión inmediata, automática. El primero que describe Shklovski es el de “no llamar al objeto por su nombre sino describirlo como si lo viera por primera vez y en tratar cada acontecimiento como si ocurriera por primera vez”.[4] La idea se parece tanto a la de los versos de Vicente Huidobro, que mejor mostrarla a manera de explicación:

¡Por qué cantáis la rosa, oh poetas!
Hacedla florecer en el poema;

Otra “receta para oscurecer” es, en la descripción del objeto, no emplear lo nombres comunes de sus partes sino otras palabras que sean más adecuadas para describir otros objetos. Es decir, para describir una fuente, de esas que hay en los parques, quedan prohibidas las palabras “aparato que expulsa agua en plazas, calles, casas o jardines” o “manantial que brota de la tierra”. A cambio, habrá que recurrir a los términos del mundo de los arbóreos, como lo hizo Octavio Paz:

un sauce de cristal, un chopo de agua, […]
un árbol bien plantado mas danzante,

También está el procedimiento de singularización que consiste en mirar los objetos desde otros ojos. Por ejemplo, Tolstoi crea un caballo narrador “y los objetos son individualizados por la percepción otorgada al animal, no por la nuestra.”[5] Todos los objetos serán difíciles de comprender para ese ser extraño, no humano. Así lo hace Efraín Huerta en el poema “Tláloc”, un dios que mira la lluvia con profundo agotamiento divino:
Sucede
Que me canso
De ser dios
Sucede
Que me canso
De llover
Sobre mojado
Sucede que aquí
Nada sucede
Sino la lluvia
lluvia
lluvia
lluvia[6]

La aplicación más frecuente de singularización es la representación de alusiones sexuales: las frases de doble sentido, albures y juegos de palabras que, con frecuencia, no se entienden a la primera (y a veces, ni a la quinta); pero cuando se hace la luz, casi siempre sigue el asombro (y el enojo…). Un orgasmo es un reto que Tomás Segovia oscurece en este soneto:
Otra vez en tu fondo empezó eso...
Abre sus ojos ciegos el gemido,
se agita en ti, exigente y sumergido,
emprende su agonía sin regreso.

Yo te siento luchar bajo mi peso
contra un dios gutural y sordo, y mido
la hondura en que tu cuerpo sacudido
se convulsiona ajeno hasta en su hueso.

Me derrumbo cruzando tu derrumbe,
torrente en un torrente y agonía
de otra agonía; y doblemente loco,

me derramo en un golfo que sucumbe,
y entregando a otra pérdida la mía,
el fondo humano en las tinieblas toco.

Son muchas las técnicas de oscurecimiento que los poetas utilizan. Tal vez cada autor tenga su propio sistema de recursos. Un aspirante a poeta podría adentrarse en estas técnicas con un juego muy parecido a las adivinanzas: el coordinador del juego escribe varios nombres de objetos (“gato”, “lluvia”, “amante”, “celos”) o expresiones y experiencias (“emborracharse”, “estar aburrido”, “esperar a una persona que no llega”) en papeles que después se asignarán a cada jugador. El jugador deberá llamar al objeto sin usar el nombre, describirlo como si se viera u ocurriera por primera vez, describirlo desde una perspectiva diferente a la visión rutinaria (o sea, describirla como un animal, un extraterrestre o un viajero que nunca ha visto nada parecido), asignar al objeto o suceso un nombre inhabitual, propio de otro ámbito; por ejemplo, ubicarlo en un ritual religioso o en una aventura épica. Una vez que se ha construido la nueva visión del objeto, compartir la construcción (digamos, la adivinanza, con los demás jugadores): se trata de que descubran su significado. Pero, cuidado: si el objeto oculto es descubierto de inmediato, mejor seguir practicando; y si el nadie puede descubrir el objeto, tal vez no utilizamos el lenguaje de todos, sino un código individual que nunca podría ser iluminado por los demás.




[1] V. Shklovski, “El arte como artificio”, en T. Todorov (comp.), Teoría de la literatura de los formalistas rusos, p. 57.
[2] Ibid., p. 84.
[3] José Martí, Tallar en nubes, (sel. y pról.. Orlando González Esteva), México, Aldus-Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 1999, p. 19.
[4] Shklovski, op. cit, p. 85.
[5] Ibid., p. 86.
[6] Efraín Huerta, aid, Gabriel (sel.), Ómnibus de poesía mexicana, México, Siglo XXI, 1989, p. 593.

domingo, 8 de diciembre de 2013

Novelas sobre novelas: algunos fragmentos de Juan José Millás

Millás, Juan José, Volver a casa, Barcelona, Seix Barral, 2013.


Capítulo veintidós

...Si en el futuro has de escribir novelas, conviene que vayas tomando nota de estos trucos. Hay escritores empeñados en no dar ninguna satisfacción al lector y así les va. Escriben novelas intansitivas pensando que el hermetismo es un valor literario de primer orden y que quizá lo que hoy es malo se convierta en bueno mañana, cuando estén tan muertos como tu cadáver. No te dejes influenciar por ellos, están locos. En cuanto al lector, te diré que es un sujeto despreciable, enfermizo, ocioso, pero es el que te va a dar de comer y el que va a alimentar tu vanidad en los próximos años. Cuídalo, y no hay otro modo de cuidarlo que darle lo que quiere. Habitualmente, quiere mierda, de manera que debes darle mierda. Entiéndeme, ha de tratarse de una mierda digerible, verosímil, bien presentada. No vale una mierda cualquiera. Te lo digo porque conozco tus deposiciones intelectuales y no siempre tienen el grado de elaboración que sería deseable. [...] Y, por favor, no entiendas mal lo que te he dicho respecto al lector. Cuando afirmo que se trata de un sujeto enfermizo, estoy diciendo que es igual que tú o que yo, que es un reflejo de nosotros, en fin. ¿O acaso no ha sido la mierda tu alimento preferido en los últimos años? (:179-180)


Capítulo veinticinco

...No alargues innecesariamente esta tortura; no alargues innecesariamente esta novela cuyo final empiezo a olfatear. Si quieres ser escritor, una de las primeras cosas que debes aprender es a no alargar las cosas de forma innecesaria. Te daré otro consejo: si además de querer ser escritor, pretendes ser bueno, escribe siempre como si fueras otro, como si no fuera a figurar tu nombre en lo que haces. Si piensas que eres tú el que escribe, lo harás bajo una carga de responsabilidad excesiva y las cosas te saldrán mal. Mi éxito durante todo estos años se debe a este truco. Siempre pensaba que el que escribía las historias fabuladas por mí eras tú y gracias a eso escribía sin censura. Dejé de escribir cuando intenté hacerlo desde mí mismo porque eso significa cargar con una responsabilidad excesiva. [...] Escribir es una maldición que curiosamente produce algunas envidias. Hazte ya cargo de esa maldición... (:201)


Capítulo veintinueve

...Me da risa imaginar lo que va a ser de ti de ahora en adelante, pero tú lo has querido. Te imagino frente a las cuartillas, estrujándote el cerebro, o lo que te quede de él, para atrapar una idea en esa cárcel que forman las palabras. Por cierto, si te sirve de algo, te diré que yo no he escrito nunca a máquina. Todo lo he hecho a mano, incluida mi vida. Te recomiendo que hagas como yo. Usa siempre un bolígrafo negro, de punta fina y, por favor, no caigas en la tontería de comprarte un ordenador, las palabras recorren un circuitos que están fuera de tu alcance, en las tripas del aparato, y puede pasar cualquier cosa con ellas. Además, con esta que les ha dado ahora a los escritores, y dado lo envidiosos y mezquinos que son, te expones a que uno de ellos entre en tu sistema a través del teléfono y te cambie el argumento, si es que eres capaz de levantar alguno. Si te resulta imposible, puedes recurrir a escribir novelas sin argumento; tienen pocos lectores, pero son muy bien recibidos por la crítica. Lo que pierdes por un lado lo ganas por otro. Al principio, parece difícil escribir sin argumento pero lo cierto es que una vez que te habitúas resulta muy consolador. [...] Y resulta sencillo, tan sencillo como construir un decorado de escayola. Estos decorados -muy utilizados en las películas- poseen un grado de verosimilitud sorprendente. En realidad, sólo adviertes que se trata de un decorado si abres una de esas puertas falsas y penetras en el interior que, naturalmente, está vacío. No te preocupes, a los críticos jamás se les ocurre abrir una de esas puertas. Les da miedo... (:232-233)